IA (primera parte)
1. Recuerdos.
Y así fuimos creciendo. Ella era un año menor que yo. Ninguno de los dos había podido ir a la escuela. El mundo ya no tenía espacio para dos huérfanos abandonados y el gobierno ya no servía a sus gobernados como los viejos recordaban. La mancha gris en el cielo bloqueaba el hermoso naranja con el que había crecido. Ahora se ha vuelto cada vez más grande.
Después de algunos años, ya que ella y yo nos habíamos peleado, yo me dediqué a comer, abandoné mi vocación de observador de bichos y decidí asaltar a quien no conociera. Aunque, bueno, eso era fácil, vivía en una ciudad llena de gente. Hoy en día no hay lugares en el mundo que no estén llenos de gente. A ella le perdí el rastro. Después de la adolescencia, ella no quiso seguir comiendo pan robado. Me dejó. Más bien, yo la abandoné. Esa celda en el panal era todo lo que teníamos, pero me fui a buscar un mejor lugar.
Llegué a Nueva Budapest, una ciudad al sur de la Vieja Budapest, por la que no pasaba el río, sólo pasaba un canal de una sustancia verdosa y espesa que olía a animal muerto y comida podrida. Aquí comencé durmiendo en las calles, junto con muchos otros abandonados de la sociedad, seguí robando, seguí escondiéndome de la policía y seguí comiendo la misma basura que comía en el panal con ella. Poco a poco me hice de una pandilla de ladrones, yo no era ni el más experimentado ni el más novato, era de los de en medio. Ellos me enseñaron a robar en las casas de ricos, donde vivía tanta gente que, si no fuera por el dinero, viviría igual que nosotros: amontonada en un edificio viejo juntando calor con lonas y trapos desgarrados y comiendo pan de baja casta que, con dos o tres mordidas te llenaba de energía para poder robar un poco más. La vida no era mala, y no había una mejor manera de vivir.
Pasé unos años en Nueva Budapest. Oculto entre las multitudes, esperando solamente la muerte, esperando sin esperanza la llegada de un milagro para mí y para toda la humanidad. Por ahí había escuchado que el aire se estaba volviendo venenoso, que dentro de poco tiempo nos veríamos obligados a usar máscaras, que en América eso ya había comenzado a suceder, y que en Europa no tardaría en aparecer una vez más la nueva fiebre negra. Yo no tenía miedo, de hecho, ni siquiera lo creía, era un escéptico. Entonces apareció el último Sinnombre. Y no pude evitar volver a verla. Ella se llamaba Elea.
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