IA (Primera parte)
2.
Plan
No pude evitarlo, tenía que volver
a verla. Ese era el plan de Sinnombre. Él. Él era una especie de
anciano sabio, un hermitaño en medio de la multitud, un huraño
cascarrabias que desde su desnombramiento se había propuesto una
sola misión: destruir el mundo. No hacerlo volar, sino hacernos
volar. Hacernos destruir lo que somos para volvernos a encontrar,
alejarnos de las máquinas,
hacernos entender que no eramos programas desechables, sino personas con un universo en nuestras cabezas. Él tenía una idea de que en el mundo hay más que humanos, máquinas y perros. Pero, por supuesto, todos lo tratábamos como un loco al principio, hasta que nos lavó el cerebro y nos hizo entender que sus ideas eran también nuestras ideas. Nadie le decía “Sinnombre”, le decíamos “Sinn”.
hacernos entender que no eramos programas desechables, sino personas con un universo en nuestras cabezas. Él tenía una idea de que en el mundo hay más que humanos, máquinas y perros. Pero, por supuesto, todos lo tratábamos como un loco al principio, hasta que nos lavó el cerebro y nos hizo entender que sus ideas eran también nuestras ideas. Nadie le decía “Sinnombre”, le decíamos “Sinn”.
El mundo estaba cada vez más lleno,
cada vez más atascado de gente, pero, bueno, a nadie se le hacía
extraño, así habíamos vivido durante los últimos cien años. Él
no me cae bien, lo asaltaré. Ya, bueno. Ahora, cada persona está
conectada a su archivo personal, un archivo que, al principio, fue
creado para librarnos de la necesidad de buscar el nuestra historia
fuera de nosotros mismos, pero, más que eso, fue hecho para
controlarnos, para conocer nuestros pensamientos. El problema es que
se necesitarían tantas personas controlando nuestros archivos
personales como personas en el mundo, o una máquina tan inteligente
como para leer los archivos de dos billones de humanos al mismo
tiempo. Nada podía hacerse, los archivos se quedaron en nosotros,
nunca fueron removidos y, sólo por costumbre, cada que alguien
nacía, le ponían su propio archivero personal. El mundo está cada
vez más lleno de gente con pequeños microdispositivos donde vamos
dejando nuestra historia plasmada, aunque, la verdad, nunca nadie la
leerá.
Sinn me llamó, me dijo que tenía
que ayudarle a conseguir su sueño. No supe qué decir, la verdad no
dije nada, como todo buen humano obedecí a mi superior y hasta
intenté entender sus palabras. Él no necesitaba entender mis
palabras, él me conocía, me sabía mejor de lo que yo a mí. Quizás
haya tratado con otros como yo a lo largo de su vida. Pero a mí me
necesitaba, y yo al principio no sabía para qué.
Ella no estaba sola, Sinn me dijo
que era una de las principales coordinadoras de la operación -220
(menos doscientos veinte), un proyecto sumamente secreto al que muy
pocas personas habían tenido acceso. Yo no pregunté cómo fue que
Sinn lo obtuvo. No necesitaba saberlo, era completamente irrelevante.
Ella era programadora, una de las más inteligentes y posiblemente
una de las pocas programadoras naturales, de esas personas que nacían
con la facilidad de entender la tecnología entes que el lenguaje
hablado. Estaba en esa operación y, quizás, aún se acordaría de
mí.
Sinn me mandó ir con ella, me mandó
sacarle secretos y, si no los quería decir, me dijo que la
asesinara. Yo no quería hacer eso, pero era la inteligencia de Sinn
contra mi falta de voluntad. Llegué al edificio donde ella
trabajaba, la esperé durante horas a la salida, esperé y esperé,
mordí un pan de casta, seguí esperando, tomé agua de un grifo,
intenté capturar el resbaladizo monedero de una señora gorda, pero
fallé, seguí esperando hasta que la noche gris cayó sobre mí, y
el edificio comenzó a vaciarse, las luces de las plantas más altas
se comenzaban a apagar, no había notado lo grande que era, ni
siquiera había observado su construcción. Me hubiera gustado ser
arquitecto y observador de bichos. Ella no salió del edificio. Las
luces de todo adentro del edificio se habían apagado. No había más
gente. Yo seguí esperando. Vi un insecto, me recordó a mi infancia,
me recordó el panal, me recordó a Elea. Elea. Así se llamaba. Ya
lo había olvidado. Elea iba saliendo del edificio.
La llamé por su nombre, ella
volteó. No me reconoció. Ni yo la hubiera reconocido de no ser por
las imágenes en mi archivo, pero era alguien completamente
diferente. Usaba aretes, tenía el cabello cuidado, su traje de
confederacionada le quedaba a la medida, parecía alguien que no se
parecía a ella. Yo la recordaba sucia, despeinada, con la piel
morena por el sol y los ojos irritados por la arena que vuela al
rededor del mundo. Ahora, Elea no era Elea. Ella volteó. Me miró y
no me reconoció.
- ¿Sí?
¿Qué necesitas? – preguntó.
- Eres
Elea, ¿cierto?
- Sí.
– se detuvo, me miró con más cuidado, poco a poco su rostro fue
cambiando, fui testigo de ello, sus cejas se arquearon, los ojos se
abrieron, la boca soltaba una vocal muda interminable y unas
pequeñas lágrimas comenzaron humedecer sus ojos, luego a bajar por
sus mejillas. Al rededor de nosotros pasaba mucha gente. Ella me
abrazó, la gente nos miró y se detuvo por un segundo, por un
segundo entero todo fue nada, luego, la voz del mundo regresó y
todos recordaron que tenían algo mejor que hacer que ver a dos
hermanos encontrándose en medio de la calle.
- Soy
yo... – fue todo lo que pude decir.
Ella no me soltaba, olía bien, a
limpio, a perfume de ciudad, a computadoras, a herramientas, a gente
igual a ella. Pero no olía como yo, a vago, a sucio, a abandonado, a
perro húmedo con los vapores de la ciudad.
- Bratt... – dijo entre sollozos.
No dejó de abrazarme.
- Sistra... – le dije a mi hermana.
Así le decía yo siempre, desde que eramos insectos en el fango y
máquinas descompuestas.
- ¿Qué
haces tú aquí? – me preguntó dejando de abrazarme. Me tomó de
los hombros y me analizó con su mirada de ingeniera – parece que
no has comido bien...ni te has bañado, y creo que tampoco has
dormido bien. Ven, ven conmigo, vayamos a mi celda, no es muy
grande, pero creo que sí podrás entrar y contarme qué ha sido de
tu vida.
- No
sé... – de verdad no sabía qué decir o qué hacer – ¿no
habrá ningún problema? No soy legal aquí...
Ella sólo sonrió. Me tomó del
brazo y me condujo al abductor. Éste nos dejó frente a su panal, no
había guardia de seguridad, pero sí una cámara circular con
decenas de lentes negros que se movían siguiendo todo lo que se
moviera. Ella pasó un tatuaje que tenía en la muñeca sobre un
detector de luz azul y una puerta se abrió, era otro abductor, pero
éste nos llevaba hacia arriba, ella pidió el piso treinta y cuatro.
Nos tardamos dos segundos en llegar. Se abrió la puerta y había un
pasillo largo, con muchas puertas altas y largas, todas iguales, con
números y letras distintos sobre la cámara de vigilancia. Caminamos
por el pasillo, sin hablar, llegamos a una puerta, del lado derecho,
en el borde de ésta decía “45z33fserie001”, ella volvió a
pasar su tatuaje por el detector de luz azul y la puerta se abrió.
Adentro era fresco, es lo primero que recuerdo, era oscuro, pero era
sordo, no había un sólo sonido al rededor, cuando la puerta se
cerró detrás de mí, una tenue luz azul iluminó la celda. Eso no
era una celda, era casi un palacio! Era una habitación grande, de
ocho metros de ancho por diez de largo y dos de alto. Tenía una
regadera de vapor en la esquina izquierda y un calentador de comida
en la otra esquina, junto a una máquina que no sé para qué era; en
medio, en la pared, había una gran ventana opaca que cambiaba su
opacidad según el estado de ánimo de mi Sistra al entrar en la
habitación (de esto me enteré después), el suelo de toda la
habitación era una alfombra, era color miel, tenía algunas
imperfecciones, algunas manchas, pero, ¿quién era yo para verlas?
En medio de la habitación había una cama gruesa, como de veinte
centímetros de alta, con una pequeña sábana encima. A la derecha,
justo entrando, había un cajón guardarropa y a la izquierda un
escritorio con herramientas y circuitos a medio terminar. Era todo un
paraíso.
- Métete
a bañar – me ordenó ella.
- No.
– respondí. No sé cómo, pero me desnudó y me encerró en
esa pequeña esquina húmeda, con vapor de agua hirviendo y brisa
fría. Fue extraño, creo que sólo me había bañado dos veces en
la vida: ésta y cuando nací. Me dio instrucciones de cómo usar el
líquido para cuerpo y el líquido para cabello, al principio me
causaban comezón, pero al final se sentía bien. Podía oler mi
cuerpo sin desagrado. Salí y ella me secó con una toalla. Me dio
mi ropa ya limpia, al parecer, esa máquina en la otra esquina era
para quitarle el olor a la ropa. Además estaba bastante caliente y
sacaba vapor. Todo esto era nuevo para mí. Me vestí, comí con
ella y luego, cuando ella lo propuso, platicamos.
- Así
que has estado aquí escondido durante todo este tiempo, Bratt. Yo
llegué a esta ciudad hace menos de un año, es interesante que los
dos hayamos terminado aquí, hace unos días estaba pensando en ti,
en saber...
Después no le puse mucha atención,
dijo muchas cosas sobre nosotros, me contó su historia, al parecer
fue encontrada por una familia adinerada poco después de que yo me
había ido, le dieron casa y estudios, etcétera, me extrañaba, bla
bla bla, soy un tonto y dijo más cosas. Yo le conté mi historia, el
cuento soporífero más tedioso y neutral de contar jamás. Sólo
omití a Sinn, ya que él me había dicho que no lo mencionara nunca.
Mi vida no era nada, yo seguía robando como cuando niños, y eso era
todo lo que hacía. Era un verdadero indigente.
- La
vida no le puede sonreír a todos – dijo y me miró triste.
Dormí en su cama, ella me abrazó y
me dijo que me extrañaba. Se quedó dormida de inmediato. Yo no pude
dormir, el lugar era demasiado pequeño y no había corriente de
aire, ni siquiera había gente llegando ni el olor a agua estancada
que tanto me gustaba. Mi cabello olía extraño y la piel me picaba.
El brazo de mi hermana me hacía sudar la espalda, y su respiración
sin tos me parecía anormal. Me levanté y me senté en el suelo,
mirando por la ventana hacia la ciudad. Casi nunca había visto la
ciudad desde arriba, siempre era desde lo más abajo. Me dormí
frente al vidrio tibio.
A la mañana siguiente me despertó
ella.
- Sistra, qué sucede?
- Tengo
que salir, tengo que trabajar.
Esas fueron sus palabras antes de
salir de su habitación, algo malhumorada. Me había quedado
encerrado ahí. Ella se había ido. Podía llevar a cabo mi
encomienda. Sinn estaría satisfecho con mi trabajo. Comencé a
invadir los archivos de mi hermana, la mesa de trabajo con
herramientas se prendió con un roce de mi mano, me pidió la
contraseña. Puse “Elea”, negativo, puse “Sistra” y después
“Bratt”, tampoco eran la contraseña. Comencé a mirar a mi
alrededor, quizá habría alguna pista. No encontré nada
significativo, entonces, la respuesta debería estar en su cabeza,
tan en el fondo de su cabeza que nadie podría entrar, en sus
archivos personales, en sus recuerdos. Comencé a observar los míos,
mis recuerdos estaban hasta cierta edad ligados a ella, a ella. Ella.
Elea. Y yo no recordaba quien era, tuve que regresar a mis archivos,
tuve que intentar escuchar mi nombre. Me daba miedo el hecho de que
nadie me hubiera llamado por mi nombre desde hacía tanto tiempo...
lo encontré. Fuze. Tecleé “Fuze” en la pantalla del escritorio.
Negativo.
El día pasó. Vi el cielo cambiar
de color, primero de rosa a rojo, de rojo a naranja, de naranja a
amarillo, de amarillo a amarillo claro, de amarillo claro a rojo, de
rojo a violeta, de violeta a azul, de azul a gris y de gris a negro,
aunque en el horizonte se veía un hermoso resplandor de luz amarilla
y blanca que salía de la ciudad. Me quedé sentado, frente a la
ventana, esperándola, esperando a que llegara, esperando a que
abriera la puerta, viendo el día entero pasar ante mis ojos. Uno
más. Sobreviví un día más.