jueves, 17 de mayo de 2012

IA2


IA (Primera parte)

    2. Plan

No pude evitarlo, tenía que volver a verla. Ese era el plan de Sinnombre. Él. Él era una especie de anciano sabio, un hermitaño en medio de la multitud, un huraño cascarrabias que desde su desnombramiento se había propuesto una sola misión: destruir el mundo. No hacerlo volar, sino hacernos volar. Hacernos destruir lo que somos para volvernos a encontrar, alejarnos de las máquinas,
hacernos entender que no eramos programas desechables, sino personas con un universo en nuestras cabezas. Él tenía una idea de que en el mundo hay más que humanos, máquinas y perros. Pero, por supuesto, todos lo tratábamos como un loco al principio, hasta que nos lavó el cerebro y nos hizo entender que sus ideas eran también nuestras ideas. Nadie le decía “Sinnombre”, le decíamos “Sinn”.

El mundo estaba cada vez más lleno, cada vez más atascado de gente, pero, bueno, a nadie se le hacía extraño, así habíamos vivido durante los últimos cien años. Él no me cae bien, lo asaltaré. Ya, bueno. Ahora, cada persona está conectada a su archivo personal, un archivo que, al principio, fue creado para librarnos de la necesidad de buscar el nuestra historia fuera de nosotros mismos, pero, más que eso, fue hecho para controlarnos, para conocer nuestros pensamientos. El problema es que se necesitarían tantas personas controlando nuestros archivos personales como personas en el mundo, o una máquina tan inteligente como para leer los archivos de dos billones de humanos al mismo tiempo. Nada podía hacerse, los archivos se quedaron en nosotros, nunca fueron removidos y, sólo por costumbre, cada que alguien nacía, le ponían su propio archivero personal. El mundo está cada vez más lleno de gente con pequeños microdispositivos donde vamos dejando nuestra historia plasmada, aunque, la verdad, nunca nadie la leerá.

Sinn me llamó, me dijo que tenía que ayudarle a conseguir su sueño. No supe qué decir, la verdad no dije nada, como todo buen humano obedecí a mi superior y hasta intenté entender sus palabras. Él no necesitaba entender mis palabras, él me conocía, me sabía mejor de lo que yo a mí. Quizás haya tratado con otros como yo a lo largo de su vida. Pero a mí me necesitaba, y yo al principio no sabía para qué.

Ella no estaba sola, Sinn me dijo que era una de las principales coordinadoras de la operación -220 (menos doscientos veinte), un proyecto sumamente secreto al que muy pocas personas habían tenido acceso. Yo no pregunté cómo fue que Sinn lo obtuvo. No necesitaba saberlo, era completamente irrelevante. Ella era programadora, una de las más inteligentes y posiblemente una de las pocas programadoras naturales, de esas personas que nacían con la facilidad de entender la tecnología entes que el lenguaje hablado. Estaba en esa operación y, quizás, aún se acordaría de mí.

Sinn me mandó ir con ella, me mandó sacarle secretos y, si no los quería decir, me dijo que la asesinara. Yo no quería hacer eso, pero era la inteligencia de Sinn contra mi falta de voluntad. Llegué al edificio donde ella trabajaba, la esperé durante horas a la salida, esperé y esperé, mordí un pan de casta, seguí esperando, tomé agua de un grifo, intenté capturar el resbaladizo monedero de una señora gorda, pero fallé, seguí esperando hasta que la noche gris cayó sobre mí, y el edificio comenzó a vaciarse, las luces de las plantas más altas se comenzaban a apagar, no había notado lo grande que era, ni siquiera había observado su construcción. Me hubiera gustado ser arquitecto y observador de bichos. Ella no salió del edificio. Las luces de todo adentro del edificio se habían apagado. No había más gente. Yo seguí esperando. Vi un insecto, me recordó a mi infancia, me recordó el panal, me recordó a Elea. Elea. Así se llamaba. Ya lo había olvidado. Elea iba saliendo del edificio.
La llamé por su nombre, ella volteó. No me reconoció. Ni yo la hubiera reconocido de no ser por las imágenes en mi archivo, pero era alguien completamente diferente. Usaba aretes, tenía el cabello cuidado, su traje de confederacionada le quedaba a la medida, parecía alguien que no se parecía a ella. Yo la recordaba sucia, despeinada, con la piel morena por el sol y los ojos irritados por la arena que vuela al rededor del mundo. Ahora, Elea no era Elea. Ella volteó. Me miró y no me reconoció.
- ¿Sí? ¿Qué necesitas? – preguntó.
- Eres Elea, ¿cierto?
- Sí. – se detuvo, me miró con más cuidado, poco a poco su rostro fue cambiando, fui testigo de ello, sus cejas se arquearon, los ojos se abrieron, la boca soltaba una vocal muda interminable y unas pequeñas lágrimas comenzaron humedecer sus ojos, luego a bajar por sus mejillas. Al rededor de nosotros pasaba mucha gente. Ella me abrazó, la gente nos miró y se detuvo por un segundo, por un segundo entero todo fue nada, luego, la voz del mundo regresó y todos recordaron que tenían algo mejor que hacer que ver a dos hermanos encontrándose en medio de la calle.
- Soy yo... – fue todo lo que pude decir.
Ella no me soltaba, olía bien, a limpio, a perfume de ciudad, a computadoras, a herramientas, a gente igual a ella. Pero no olía como yo, a vago, a sucio, a abandonado, a perro húmedo con los vapores de la ciudad.
- Bratt... – dijo entre sollozos. No dejó de abrazarme.
- Sistra... – le dije a mi hermana. Así le decía yo siempre, desde que eramos insectos en el fango y máquinas descompuestas.
- ¿Qué haces tú aquí? – me preguntó dejando de abrazarme. Me tomó de los hombros y me analizó con su mirada de ingeniera – parece que no has comido bien...ni te has bañado, y creo que tampoco has dormido bien. Ven, ven conmigo, vayamos a mi celda, no es muy grande, pero creo que sí podrás entrar y contarme qué ha sido de tu vida.
No sé... – de verdad no sabía qué decir o qué hacer – ¿no habrá ningún problema? No soy legal aquí...

Ella sólo sonrió. Me tomó del brazo y me condujo al abductor. Éste nos dejó frente a su panal, no había guardia de seguridad, pero sí una cámara circular con decenas de lentes negros que se movían siguiendo todo lo que se moviera. Ella pasó un tatuaje que tenía en la muñeca sobre un detector de luz azul y una puerta se abrió, era otro abductor, pero éste nos llevaba hacia arriba, ella pidió el piso treinta y cuatro. Nos tardamos dos segundos en llegar. Se abrió la puerta y había un pasillo largo, con muchas puertas altas y largas, todas iguales, con números y letras distintos sobre la cámara de vigilancia. Caminamos por el pasillo, sin hablar, llegamos a una puerta, del lado derecho, en el borde de ésta decía “45z33fserie001”, ella volvió a pasar su tatuaje por el detector de luz azul y la puerta se abrió. Adentro era fresco, es lo primero que recuerdo, era oscuro, pero era sordo, no había un sólo sonido al rededor, cuando la puerta se cerró detrás de mí, una tenue luz azul iluminó la celda. Eso no era una celda, era casi un palacio! Era una habitación grande, de ocho metros de ancho por diez de largo y dos de alto. Tenía una regadera de vapor en la esquina izquierda y un calentador de comida en la otra esquina, junto a una máquina que no sé para qué era; en medio, en la pared, había una gran ventana opaca que cambiaba su opacidad según el estado de ánimo de mi Sistra al entrar en la habitación (de esto me enteré después), el suelo de toda la habitación era una alfombra, era color miel, tenía algunas imperfecciones, algunas manchas, pero, ¿quién era yo para verlas? En medio de la habitación había una cama gruesa, como de veinte centímetros de alta, con una pequeña sábana encima. A la derecha, justo entrando, había un cajón guardarropa y a la izquierda un escritorio con herramientas y circuitos a medio terminar. Era todo un paraíso.

- Métete a bañar – me ordenó ella.
- No. – respondí. No sé cómo, pero me desnudó y me encerró en esa pequeña esquina húmeda, con vapor de agua hirviendo y brisa fría. Fue extraño, creo que sólo me había bañado dos veces en la vida: ésta y cuando nací. Me dio instrucciones de cómo usar el líquido para cuerpo y el líquido para cabello, al principio me causaban comezón, pero al final se sentía bien. Podía oler mi cuerpo sin desagrado. Salí y ella me secó con una toalla. Me dio mi ropa ya limpia, al parecer, esa máquina en la otra esquina era para quitarle el olor a la ropa. Además estaba bastante caliente y sacaba vapor. Todo esto era nuevo para mí. Me vestí, comí con ella y luego, cuando ella lo propuso, platicamos.
- Así que has estado aquí escondido durante todo este tiempo, Bratt. Yo llegué a esta ciudad hace menos de un año, es interesante que los dos hayamos terminado aquí, hace unos días estaba pensando en ti, en saber...

Después no le puse mucha atención, dijo muchas cosas sobre nosotros, me contó su historia, al parecer fue encontrada por una familia adinerada poco después de que yo me había ido, le dieron casa y estudios, etcétera, me extrañaba, bla bla bla, soy un tonto y dijo más cosas. Yo le conté mi historia, el cuento soporífero más tedioso y neutral de contar jamás. Sólo omití a Sinn, ya que él me había dicho que no lo mencionara nunca. Mi vida no era nada, yo seguía robando como cuando niños, y eso era todo lo que hacía. Era un verdadero indigente.

- La vida no le puede sonreír a todos – dijo y me miró triste.

Dormí en su cama, ella me abrazó y me dijo que me extrañaba. Se quedó dormida de inmediato. Yo no pude dormir, el lugar era demasiado pequeño y no había corriente de aire, ni siquiera había gente llegando ni el olor a agua estancada que tanto me gustaba. Mi cabello olía extraño y la piel me picaba. El brazo de mi hermana me hacía sudar la espalda, y su respiración sin tos me parecía anormal. Me levanté y me senté en el suelo, mirando por la ventana hacia la ciudad. Casi nunca había visto la ciudad desde arriba, siempre era desde lo más abajo. Me dormí frente al vidrio tibio.
A la mañana siguiente me despertó ella.

- Sistra, qué sucede?
- Tengo que salir, tengo que trabajar.

Esas fueron sus palabras antes de salir de su habitación, algo malhumorada. Me había quedado encerrado ahí. Ella se había ido. Podía llevar a cabo mi encomienda. Sinn estaría satisfecho con mi trabajo. Comencé a invadir los archivos de mi hermana, la mesa de trabajo con herramientas se prendió con un roce de mi mano, me pidió la contraseña. Puse “Elea”, negativo, puse “Sistra” y después “Bratt”, tampoco eran la contraseña. Comencé a mirar a mi alrededor, quizá habría alguna pista. No encontré nada significativo, entonces, la respuesta debería estar en su cabeza, tan en el fondo de su cabeza que nadie podría entrar, en sus archivos personales, en sus recuerdos. Comencé a observar los míos, mis recuerdos estaban hasta cierta edad ligados a ella, a ella. Ella. Elea. Y yo no recordaba quien era, tuve que regresar a mis archivos, tuve que intentar escuchar mi nombre. Me daba miedo el hecho de que nadie me hubiera llamado por mi nombre desde hacía tanto tiempo... lo encontré. Fuze. Tecleé “Fuze” en la pantalla del escritorio. Negativo.

El día pasó. Vi el cielo cambiar de color, primero de rosa a rojo, de rojo a naranja, de naranja a amarillo, de amarillo a amarillo claro, de amarillo claro a rojo, de rojo a violeta, de violeta a azul, de azul a gris y de gris a negro, aunque en el horizonte se veía un hermoso resplandor de luz amarilla y blanca que salía de la ciudad. Me quedé sentado, frente a la ventana, esperándola, esperando a que llegara, esperando a que abriera la puerta, viendo el día entero pasar ante mis ojos. Uno más. Sobreviví un día más.

lunes, 7 de mayo de 2012

IA 1

IA (primera parte)


1. Recuerdos.


    Siempre fuimos muy diferentes, ella se la pasaba juntando residuos de computadoras viejas con las entradas táctiles ya destruidas, con las hologramemas rotas, con el casco líquido derramado y demás cosas inservibles. A final de cuentas siempre terminaban funcionando, de una manera o de otra, ella las hacía funcionar. Yo, en cambio, me la pasaba juntando gusanos, observando sus patas, las funciones de sus cuerpos, me gustaba a veces quitarles las antenas para ver cómo se comportaban. Siempre pensé que algún día podría llegar a hablar con ellos.

    Y así fuimos creciendo. Ella era un año menor que yo. Ninguno de los dos había podido ir a la escuela. El mundo ya no tenía espacio para dos huérfanos abandonados y el gobierno ya no servía a sus gobernados como los viejos recordaban. La mancha gris en el cielo bloqueaba el hermoso naranja con el que había crecido. Ahora se ha vuelto cada vez más grande.


    Después de algunos años, ya que ella y yo nos habíamos peleado, yo me dediqué a comer, abandoné mi vocación de observador de bichos y decidí asaltar a quien no conociera. Aunque, bueno, eso era fácil, vivía en una ciudad llena de gente. Hoy en día no hay lugares en el mundo que no estén llenos de gente. A ella le perdí el rastro. Después de la adolescencia, ella no quiso seguir comiendo pan robado. Me dejó. Más bien, yo la abandoné. Esa celda en el panal era todo lo que teníamos, pero me fui a buscar un mejor lugar.


    Llegué a Nueva Budapest, una ciudad al sur de la Vieja Budapest, por la que no pasaba el río, sólo pasaba un canal de una sustancia verdosa y espesa que olía a animal muerto y comida podrida. Aquí comencé durmiendo en las calles, junto con muchos otros abandonados de la sociedad, seguí robando, seguí escondiéndome de la policía y seguí comiendo la misma basura que comía en el panal con ella. Poco a poco me hice de una pandilla de ladrones, yo no era ni el más experimentado ni el más novato, era de los de en medio. Ellos me enseñaron a robar en las casas de ricos, donde vivía tanta gente que, si no fuera por el dinero, viviría igual que nosotros: amontonada en un edificio viejo juntando calor con lonas y trapos desgarrados y comiendo pan de baja casta que, con dos o tres mordidas te llenaba de energía para poder robar un poco más. La vida no era mala, y no había una mejor manera de vivir.


    Pasé unos años en Nueva Budapest. Oculto entre las multitudes, esperando solamente la muerte, esperando sin esperanza la llegada de un milagro para mí y para toda la humanidad. Por ahí había escuchado que el aire se estaba volviendo venenoso, que dentro de poco tiempo nos veríamos obligados a usar máscaras, que en América eso ya había comenzado a suceder, y que en Europa no tardaría en aparecer una vez más la nueva fiebre negra. Yo no tenía miedo, de hecho, ni siquiera lo creía, era un escéptico. Entonces apareció el último Sinnombre. Y no pude evitar volver a verla. Ella se llamaba Elea.